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martes, 5 de noviembre de 2013 0 comentarios

Chancillería-Felipe II-F. de P. Villareal.



Uno de los ilustres descendientes del famoso Hernán Pérez del Pulgar, de igual nombre que aquel, y que, como todos sus antepasados llevaba como el mayor título de su antigua nobleza el señorío del Salar, cansado de la vida de la corte, y de sus diarios oficios cerca del rey D. Felipe II, decidió emprender una corta excursión a Granada para conocer toda la belleza monumental de esta ciudad y poder, asimismo, visitar su casa y castillo solariegos, pudiendo después volver a Madrid ya tranquilo de conocer el sitio donde su valiente abuelo había  alcanzado el honroso título de guerrero de la Hazañas.
Visitó detenidamente la Alhambra y el Generalife, los otros palacios que aún quedaban en pie, y la casa donde vivió Pulgar en Granada, y ya iba a marchar al Salar, para de allí dirigirse a la corte, cuando uno de sus parientes que a todas partes le acompañaba, le significó la idea de que también visitara la Chancillería, recientemente construida.




Gustosísimo aceptó la idea el señor del Salar. Se dirigieron a la Plaza Nueva, y desde luego pudieron admirar la grandiosidad de aquella obra con solo reparar en la fachada y leer la inscripción en ella colocada, que revelaba a todas luces el gran respeto que la justicia le inspiraba a Felipe II.
Atravesaron el dintel, y notó el señor del Salar con extrañeza, que la escalera contrastaba notablemente con toda la grandiosidad del palacio; pero su deudo le explicó aquella diferencia por no haberse concluido el edificio y haberse retirado de Granada los mármoles a la escalera dedicados, para ser trasladados a Castilla, y que sirviesen, con otros, para la edificación del Escorial.
Una vez en los corredores altos, vieron estaba celebrándose audiencia, y cual si fuere la cosa más natural del mundo, penetró D. Fernando Pérez del Pulgar en la sala donde se celebraba la vista pública de un proceso, sumamente distraído, reparándolo todo y sin descubrirse ante los oidores que presidían el tribunal.
Todos se escandalizaron de semejante proceder. Los ujieres quedaron como petrificados ante tanta audacia, y el presidente, ciego de cólera, viendo la serena actitud del caballero le reprendió duramente, ordenándole se descubriese.
Este, con tranquila calma manifestó su extrañeza por esta exigencia, invocando su privilegio de ser caballero cubierto ante el rey, y sin descubrirse, salió sereno de la sala de audiencia, demostrando con su calma que se creía muy superior a los representantes de la humana justicia.
En el interín, los oidores suspendieron la visita. Deliberaron sobre la altanera actitud del señor del Salar y le impusieron una multa, cuyo pago se le exigió aquella misma tarde.
Pero él, alzándose de aquel acuerdo para S.M., marchó precipitadamente a Madrid, sin ver siquiera sus posesiones del Salar, pidió en el acto audiencia al rey, y contándole el caso, que lo creía abuso de autoridad en la Chancillería, obtuvo de Felipe II esta solemne respuesta:

-Eres caballero cubierto delante de mí, pero no lo eres, ni nadie lo será nunca, en presencia de la sacratísima justicia que representan en Granada mis oidores. Paga la multa que te han impuesto, y sirva para concluir la escalera de aquel edificio.

Nada replicó el señor del Salar. Pagó la multa, y cuando pasados algunos años volvió a Granada para conocer sus propiedades, fue a ver también la escalera de la Chancillería, a su costa terminada.  

El Libro de las Tradiciones de Granada. Francisco de P. Villa-Real.

 


martes, 9 de julio de 2013 0 comentarios

Carlos V-Francisco de P. Villareal- Tradiciones.



“Difícil y trabajada era la vida que llevaban los moriscos en Granada desde la conquista de esta ciudad por los cristianos. Más de una vez se les fueron mermando las concesiones y privilegios pactados en las capitulaciones, y más de una vez también las señales del descontento se dejaron sentir en las calles y las plazas.
En la época del Emperador Carlos V, fueron harto frecuentes estas algaradas. Una de ellas, la de Abril de 1526, tuvo, como casi todas, por origen el espíritu de resistencia de los moriscos a las órdenes de la autoridad. Se mandaba a todos los vecinos de Granada engalanar sus casas por la venida del rey emperador y de su esposa, y se prohibía a los conversos salir del Albaicín si no usaban trajes a la usanza española.
Tal medida excitó las iras de cuantos escucharon el pregón. Los cristianos, defendiendo lo mandado por las autoridades, y los moros contradiciéndolo, vinieron a las manos, y allá en lo último de la Carrera de Darro, gran número de muertos dieron testimonio de lo encarnizado de la riña, terminada solo por la intervención del Marqués de Mondejar. 


Al día siguiente entró el emperador en Granada. Encantado de tantas maravillas, no cesaba de vagar por los alrededores de la Alhambra, y contemplando las delicias del alcázar y la perspectiva de la vega, soñaba con los encantos del pasado y deseaba unir su nombre al de los reyes moros de Granada que trazaron tales maravillas.
Su altanero orgullo destruyó el palacio de invierno de los árabes y allí mismo pensó edificar uno que llevase su nombre e inmortalizase su grandeza.


Pero ¿cómo?. Le faltaban fondos para acometer tamaña empresa, y no quería que a su pueblo se le gravase con nuevos impuestos para poder él satisfacer su capricho. Esta y no otra era la causa de su disgusto, cuando al hablar con la emperatriz en el salon de Comarex, le refería continuamente su deseo, y cual si no tuviese otro pensamiento, siempre hacía recaer la conversación en este punto.
Un día se hallaba hablando sobre el particular, cuando, sobresaltado e iracundo, se le presentó el Marqués de Mondejar, pidiendo una orden severa contra la morisma, cada vez más insolente con los cristianos. No vaciló el emperador; la dictó de las más impresionantes que acostumbraba, prohibiendo el uso de trajes, baños, etc., seguro de que de este modo podría hacerles entrar por el camino de la obediencia y el vasallaje.
En efecto: fatal fue para los moriscos el conocimiento de esta orden. Se reunieron secretamente en casa del jefe Abul Aswad, y concertaron recoger entre todos cuantiosas sumas para ofrecerlas al emperador, a cambio de levantar la prohibición de usar el traje árabe. Ochenta mil ducados se reunieron y con ellos el anciano jefe se presentó ante el César, y con entera dignidad le ofreció la cantidad recolectada, producto de cuando les restaba, para lograr de su poder que les permitiese siquiera seguir usando los trajes que acostumbraban.
El emperador, violento en un principio, vio en aquel ofrecimiento una mina para la posible construcción del palacio que había concebido, y aceptando gustoso tan rico presente, anuló la primera cláusula de su anterior bando.
Con dicha cantidad se comenzó a edificar el Palacio del Emperador. Entretanto la desgraciada Haraxa, hija del jefe de tribu Abul Aswad, enloquecía al perder a su adorado Abd-el-Melek, que desprovisto de fortuna al dar, para salvar a su pueblo, todo cuanto poseía, se dio la muerte, precediendo bien poco tiempo a su prometida y a su padre, que no pudieron ver impasibles la grandeza deslumbradora de la corte de Carlos V y la indigente pobreza a la que el destino les condenaba.”

Libro de las Tradiciones de Granada. Francisco de Paula Villareal.





domingo, 16 de septiembre de 2012 0 comentarios

Aben Hamet-Zoraida

El jardín misterioso donde se hallaba el cípres, que en otro tiempo plantara Abul Walid, distaba algo de los demás jardines y del Palacio, iluminados aquella noche de placer de una manera asombrosa.
Mientras que la corte y el Rey parecían, en los salones y jardines, que pactaban una tregua a la encarnizada lucha de aquel día, dos sombras misteriosas, viniendo de opuesto camino, se deslizaban recelosas y ocultas por el Jardín de los cipreses, hasta que llegando junto al árbol tradicional, antes indicado, una de ellas se dejó ver por entre los rayos de la luna, descubriéndose que era Zoraida, que impulsada por su destino acudía a aquella cita, decidida a hacer olvidar a Aben Hamet sus delirantes devaneos.

El libro de las tradiciones de Granada. Francisco de P. Villa-Real.


Aben Hamet pertenecía a la familia de los Abencerrajes. Según la leyenda, este episodio fue el desencadenante de la matanza, ordenada por Boabdil, de 37 caballeros Abencerrajes en un sala contigua al Patio de los Leones, llamada desde entonces Sala de los Abencerrajes. Se cuenta que el color rojizo que aun hoy día se puede contemplar en la taza de la fuente, y en el canal que lleva su agua hasta la fuente del Patio de los Leones, se debe a las manchas de la sangre de los caballeros asesinados...
lunes, 3 de septiembre de 2012 0 comentarios

Boabdil-Francisco P. Villa-Real

     "Que el desaliento no te domine, ni te consuma la pena por nuestra suerte; con tu cariño seremos felices, cualquiera que sea nuestra situación en la vida.
     Aquí llegaba su conversación, cuando las tintas de la noche comenzaron a dibujarse en el horizonte; la luna con su plateada luz reverberó sus encantos en los bosques, en las cascadas y en los cónicos capiteles del palacio, y entonces Boabdil, sin poder resistir al deseo de despedirse uno por uno de aquellos parajes, acompañado de su hijo, salió misteriosamente del alcázar, y atravesando aquel bosque divino, visitó, para darle su último adiós, los agradables sitios de recreo de Aidanamar y de Lindaraja; recordó en ellos las juglas y continuas fiestas allí pasadas, y mirando por vez postrera aquellas mansiones de placer y alegría que le recordaban su juventud pasaron al Generalife, cuyos deliciosos jardines, aun en aquella época, arrobaron el alma de estas personas desgraciadas, en el éxtasis de amor y de sentimiento más sublimes; allí tuvieron presentes tristes historias de pasados galanteos, relacionados con una página sangrienta de la historia de Granada; allí, por otra parte, se señalaban mil y mil secretas conferencias diplomáticas, donde había jugado Boabdil un papel importantísimo, y sobre todo, allí su hijo Muley se había pasado casí diariamente sus primeros años, allí había recibido sus primeras enseñanzas"

El libro de las tradiciones de Granada. Francisco de P. Villa-Real.








Francisco de Paula Villa-Real, nacido en Mondujar en 1848, catedrático de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada, aspiró a reunir todas las tradiciones referentes a Granada en el "Libro de las Tradiciones de Granada". La primera parte de esta obra comprende doce narraciones de Villa-Real, algunas de carácter erudito, en tanto que otras proceden de obras literarias, siendo muy pocas las que el autor pudo recoger de la tradición oral. La segunda parte comprende cien tradiciones que habían sido ya publicadas por otros autores entre los que cabe destacar a Washington Irving, Soler de la Fuente, Zamora o Afán de Ribera. 




 
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