“ A las diez de la noche, tembloroso y con los
labios mordidos para no llorar, fui cargado de cajas de chocolates suizos,
turrones y caramelos, y una canasta de rosas ardientes para cubrir la cama. La
puerta estaba entreabierta, las luces encendidas y en el radio se diluía a
medio volumen la sonata número uno para violín y piano de Brahms. Delgadina en
la cama estaba tan radiante y distinta que me costó trabajo reconocerla.
Había crecido, pero no se le notaba en la
estatura sino en una madurez que la hacía parecer con dos o tres años más, y más
desnuda que nunca. Sus pómulos altos, la piel tostada por soles de mar bravo,
los labios finos y el cabello corto y rizado le infundían a su rostro el
resplandor andrógino del Apolo de Praxíteles. Pero no había equívoco posible,
porque sus senos habían crecido hasta el punto de que no me cabían en la mano,
sus caderas habían acabado de formarse y sus huesos se habían vuelto más firmes
y armónicos.”
Memoria de mis putas tristes. Gabriel García Márquez.
El Apolo Sauróctono de Praxíteles presenta una iconografía difícil de
explicar. ¿Por qué el dios, jovencillo, se entretiene despreocupadamente
en matar un lagarto? Sería una burla pensar en una versión diminuta de
la serpiente Pitón, y no parece que Apolo, defensor contra todas las
plagas campestres, desde los lobos hasta las langostas, tuviese mucho
que hacer contra animal tan inocente. Sea como fuere, la obra es de una
novedad plástica impresionante. El suave torso, por vez primera en la
estatuaria griega, se desequilibra hasta no poderse sostener por sí
solo: la ondulación del cuerpo, estructurada sabiamente por Policleto, y
que en la Amazona de Berlín estaba a punto de perder su estabilidad,
ahora ya se deshace en una bella curva continua, la curva praxitélica,
que un árbol debe soportar. Y el propio árbol, por lo demás, añade, con
su lagarto, una dimensión nueva a la estatua: Apolo aparece idealmente
inmerso en un paisaje idílico, resumen ideal de los felices campos del
Olimpo donde viven los dioses su eternidad placentera. Jamás hasta
entonces la absoluta felicidad divina, ésa que le hará decir a Epicuro
que los inmortales, para conservarla, se desentienden por completo de
los hombres, había sido plasmada de forma tan directa y espontánea.
Quien se empeñe en ver en esta obra sólo amaneramiento decadente, sin
duda se quedará sólo en la superficie de un profundo enfoque religioso. Y
Praxíteles mantendrá ese enfoque toda su vida, acaso porque coincidía
con el gusto de quienes le hacían encargos: Sátiros, Afroditas, dioses jóvenes, la cazadora Artemis, componen el feliz repertorio de su fecunda obra.