jueves, 14 de marzo de 2013

Villalar-Saramago.

Las historias de Villalar que conoce Pedro Orce vamos a saberlas ahora, cuando acabe la cena, mientras danza la hoguera en el aire quieto, se miran pensativos los viajeros, tienden las manos hacia ella como si las impusieran o al fuego se rindiesen, hay un viejo misterio en esta relación entre nosotros y el fuego, hasta con el cielo encima, es como si estuviéramos, él y nosotros, en el interior de la caverna original, gruta o matriz. Hoy le toca lavar los platos a José Anaiço, pero no hay prisa, la hora es pacífica, casi dulce, la luz de las llamas recorre los rostros atezados por el aire libre, rostros que tienen el color que les da el sol cuando nace, el sol es de otra naturaleza y está vivo, no muerto como la luna, ésa es la diferencia. Y dice Pedro Orce, Quizá no lo sepáis, pero hace muchos y muchos años, en mil quinientos veintiuno, hubo en estas tierras de Villalar una gran batalla, mayor por las consecuencias que por la gente muerta, y si la hubieran ganado quienes la perdieron, otro mundo habríamos heredado los vivos de hoy. 
La balsa de piedra. José Saramago.



La batalla de Villalar no fue una gran batalla, pero la guerra de los Comuneros tuvo una gran importancia al ser la última revolución de la baja Edad Media o la primera revolución moderna.
Tras el fallecimiento de Fernando el Católico y la regencia del cardenal Cisneros, llega a España Carlos I, nieto de Fernando, en 1517. Un monarca de 17 años criado en la Corte de Gante que desconoce el idioma y las costumbres del paí­s que va a gobernar.
Se encuentra con un territorio sangrado económicamente para mantener el poder en el exterior. La nobleza revuelta para recuperar el poder perdido en época de los Reyes Católicos y los burgueses laneros (la lana era el recurso más importante en esta época) enfrentaba a los que querí­an exportar toda a Flandes y los manufactureros textiles querí­an que se quedara en Castilla.
La principal idea de Carlos I para Castilla era que financiase su nombramiento como Emperador del Sacro Imperio Romano, por lo que decidió subir los impuestos y rodearse de flamencos que controlan la corte. ésto encrespó los ánimos de los castellanos. En 1520 parte hacia Aquisgrán para ser nombrado Emperador, con los bolsillos llenos para pagar favores, y deja como regente a Adriano de Utrech (nombrado arzobispo de Toledo).
Este mismo año estalla la revuelta en Toledo, pero las ciudades castellanas se unen rápidamente (Ávila, Segovia, Salamanca, Palencia, Burgos, Toro, Medina del Campo, etc.). El 29 de julio de forma en Ávila la Santa Junta donde se nombra comandante de las tropas al toledano Juan Padilla. La primera idea de los comuneros es buscar un sustituto al emperador Carlos y piensan en su madre, Juana “la loca”. Se trasladan a Tordesillas donde está recluida. Existen dos versiones de la negativa de Juana: una que se negó para evitar un derramamiento de sangre entre las dos facciones y otra que comprobaron que efectivamente estaba loca de verdad. El caso es que se negó y los comuneros pensaron en forzar una negociación con el emperador para bajar los impuestos, que los puestos de comendadores o corregidores fueran elegidos por ellos y los flamencos dejaran España. Al principio los comuneros, con un pequeño ejército, y los partidarios del emperador, desorganizados, no entablaron batallas directas si no escaramuzas.
Ocurre un hecho importante en este momento y es que los nobles deciden echar marcha atrás y se unen a los imperiales, ya que al sublevarse también los campesinos pueden perder más poder que el que intentan recuperar. Tienen un poderoso y numeroso ejército.
En diciembre los imperialistas toman Tordesillas y la Junta huye, más tarde también cae Burgos. Pero Juan Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado devuelven el golpe y toman Torrelobatón donde se fortifican. Las tropas imperialistas se agrupan y los comuneros (unos 6.000 hombres) huyen para refugiarse en Toro. El conde de Haro (al frente de las tropas imperialistas) manda su numerosa caballerí­a para darles caza, son interceptados en Villalar (el 23 de abril) y son arrasados sin poder defenderse. Unos mil comuneros fallecen en la batalla y los tres cabecillas (Padilla, Bravo y Maldonado) son ejecutados tras un juicio sumarí­simo.
"ayer era dí­a de pelear como caballero… hoy es dí­a de morir como cristiano"dijo Padilla a Bravo

"matadme a mi el primero para no ver la muerte del caballero más grande de Castilla" contestó Bravo.
La noticia corrió por las ciudades sublevabas y van cediendo. Pero Marí­a Pacheco, mujer de Juan Padilla y llamada la Leona de Castilla, al frente de Toledo todaví­a resistió hasta junio de 1521. En 1522 el monarca concedió un perdón general.
Una revolución que tení­a todas las de perder y que a pesar de ello, demostró la casta y el honor de los castellanos contra las injusticias. Esto hizo darse cuenta a Carlos que debí­a prestar más atención a España que era el germen de su gran Imperio. Aprendió el idioma, bajo los impuestos y los flamencos dejaron de ostentar el poder.

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